SALA 2 - TRENES

La máquina abandonada

Robert Vickrey
(EE.UU., 1926-2011)
Locomotora, c.1965
Michael Rosenfeld Gallery, Nueva York

https://www.michaelrosenfeldart.com/artists/robert-vickrey-1926-2011/selected-works/3

El tío Luis recuerda que el ramal por el que corría el carguero de los depósitos comunitarios quedó en desuso desde que la cosecha se empezó a almacenar a granel. Fue entonces que se construyeron los silos junto al río y de allí salía todo el grano hacia el puerto central. Muchos años estuvieron las vías abandonadas, visibles apenas porque se las desmalezaba para evitar que se convirtieran en un nido de plagas y alimañas, pero eran un obstáculo permanente.
Cuenta el tío que lo nombraron capataz de la estancia cuando aún no había cumplido los treinta, y que a poco de empezar en su cargo un día aparecieron varios camiones de gran porte y un ómnibus lleno de operarios que aseguraron ser de una empresa contratada por el servicio de ferrocarriles estatal para levantar las vías. El tío dijo que debía pedirle autorización a su patrón. Hágalo ya, le dijeron. Imposible, respondió, el patrón anda por Europa. No disponemos de tiempo, insistió el que parecía ser el jefe, pero mírelo así: estas vías ya son inservibles, no resultan de ninguna utilidad, entorpecen la siembra y la cosecha y, lo más importante, le quitan una superficie importante de cultivo. Es ahora o nunca. Intentó hablar el tío, pero el otro no lo dejó. Es ahora o nunca, reiteró, porque la empresa nos contrató por un plazo que ya tenemos cubierto, si no las levantamos ahora no volveremos por acá. El tío recordó que el ingeniero agrónomo le había dicho que esas vías eran un foco de bichos perjudiciales y una pérdida de tiempo y dinero.
Métale, dijo, intentando no pensar mucho. Los otros se lanzaron con grandes herramientas y aparatos y un par de grúas y en poco tiempo ya habían levantado varios rieles. El tío los dejó para atender a una vaca parturienta que andaba con problemas y en el camino recordó algo que por la costumbre cotidiana se le había pasado por alto. Tan pronto volvió preguntó por el jefe y cuando lo ubicó le hizo saber que en el límite norte de la estancia había una locomotora abandonada. No se preocupe que mañana mismo la sacamos, prometió.
En los días sucesivos comenzó un tráfico de camiones que iban cargados de rieles y volvían vacíos a buscar más. Una mañana el tío se levantó y notó que no había más nadie, ni gente ni camiones. Poco después un peón que estaba reparando los alambrados de la estancia le dijo que la locomotora seguía ahí, semiladeada, cruzada a un costado del espacio por donde antes estaban las vías. Le dio mucha bronca haber sido tan ingenuo de creer que se la llevarían.
En sus últimos años solía ensillar el caballo y a paso tranquilo se llegaba hasta donde dormía la locomotora, y contaba que le daba cierta tranquilidad –más aún, felicidad, decía– saber que seguiría ahí, como siempre, como en aquellos años cuando se puso de novio con Margarita, nuestra tía Margui, que se fue muy joven, con la que se escondían en la máquina para amarse en las siestas invernales y algunos atardeceres del verano.

El último viaje de La Titana

Reginald Marsh
(París, 1898 – Vermont, EEUU, 1954)
Ciudad minera de Pensilvania, 1932
Carnegie Museum of Art, Pittsburgh,EEUU

https://collection.carnegieart.org/objects/002aa062-538f-42c2-a45c-718f146ee402

Al final quedamos mi amigo y yo. Los demás no quisieron y hasta nos dijeron que era una estupidez perder una tarde solo para ver pasar un tren…

El vecindario

Paul Sample
(EEUU, 1896 – 1974)
North Broadway Neighborhood, 1931
Colección particular
https://www.artnet.com/artists/paul-sample/north-broadway-neighborhood-PqSTwu7syrcRORvAmFyzQA2

Suena el inconfundible silbato, puntual e infalible, del carguero de la cantera y el vecindario se reacomoda. Es la referencia para doña Caridad, que saca la masa de la batea de leudar y comienza a amasar. 

4.40

Una nota sostenida y prolongada lo despierta.
Abre los ojos y ve solo la oscuridad. Todavía no sale del sueño en el que alguien está afinando el piano de la casa, jamás tocado por nadie.
Mira la hora. Las 4.40.
Quizás ha visto mal. Los pianos se afinan a 4.40, según le han dicho, y debe de haber mezclado la visión del reloj con lo que estaba soñando. Pero mira otra vez y confirma la hora.
La nota vuelve a sonar, como una trompeta. Es la bocina de un tren que está pasando por el ramal contiguo al barrio. Un carguero de las canteras, piensa mientras escucha el ruido moroso de la mole al desplazarse. Por esa vía no corren expresos que viajen a ciudades lejanas. Apenas un tranvía que recorre algunas decenas de kilómetros por las sierras y que va y viene apenas ocupado cuando hay turistas.
Son los amores los que van y vienen, vienen y van, le dice una voz mientras se hunde otra vez en el sueño
Los amores y la gente son como trenes presurosos que cumplen un tiempo previsto –le explica esa misma voz, mientras se despliega un mapa con una retícula inacabable de vías que se cruzan y forman ángulos imposibles–. Este plano se dibuja sobre los pliegues de la noche y cuando el día lo ilumina se borra, y así los mortales creen que pueden vivir sin él –agrega la voz que ahora le parece la suya propia.
Vuelve a sonar esa nota quejumbrosa. Cree identificarla, pero es la música de un acordeón lejano que lo acuna y arrulla.
Y no recuerda nada más.

Jean Marchand
(Paris, 1883-1940)
Caminos de hierro en Rusia, 1911 
Musée d’Art Moderne de Paris
https://www.navigart.fr/mamparis/artwork/jean-marchand-chemins-de-fer-en-russie-180000000001247?page=97&filters=tree_domain_all%3APeinture

El camino de la estación

Allá íbamos, sigilosos, casi furtivos. Un largo camino que hacíamos a veces en silencio, otras riéndonos de cualquier cosa. Por entonces no había a nuestro alcance aventura…

Trébol

Éramos tres hermanos. Un trébol, decía el padrino, porque siempre andábamos juntos y vestidos igual. Y tenía razón: nos unía la orfandad y la pobreza, y la ropa hecha…

Marvel

Marvel se arrojó a la turbulenta corriente del Barroso desbordado. Desapareció y nunca se recuperó su cuerpo. Fue la última vez que estuvo tan crecido el arroyo…

Tarragona

Hay poca gente en la estación de Tarragona. Llevo un largo rato sentado en un banco a la espera de mi tren a Castellón. En el andén una pareja aguarda junto al Talgo…

Apuntes de viaje

Ese tren que acaba de partir es el Rayo de Sol, y me lleva a Buenos Aires en el primer viaje importante en mis siete años de vida.
Habíamos cenado más tarde de lo habitual, como para que la espera se hiciera más corta. Luego estuve hojeando una revista que me habían comprado, tal vez suponiendo que debían darme un entretenimiento para mantenerme despierto hasta la medianoche. Pero nada necesitaba para eso: la excitación por el viaje no solo me impedía dormir sino hasta leer, y pasé las horas de sobremesa y espera armando una maqueta que traía la revista en su página central. Péguese la doble página sobre cartulina resistente y recórtense las figuras con mucho cuidado, decían las instrucciones. Hice la tarea con una concentración puramente mecánica, esmerándome en que la tijera recorriera las líneas de puntos, pegando las partes procurando no manchar con la goma de pegar… No era el interés por el producto final, sino el esmero de alguien que busca aflojar la tensión concentrándose en otra cosa.
Poco después de las once mi padre subió los bultos al viejo Ford y partimos a la estación.
Lo que siguió fueron los ritos de siempre: se empezaba por preguntar en la sala del telégrafo si venía a horario, y una vez corroborado el dato había que asomarse y escrutar al fondo, donde las vías se unen, hasta que alguien descubría un ínfimo punto luminoso en el horizonte. Quizás demorara largos minutos en llegar, pero ya la familia comenzaba a abrazarse y besarse precipitadamente, y todos se alteraban.

La luz, aunque intensa y potente, tiene una palidez que confunde. Mi madre arrecia con las recomendaciones, mientras va desde su lugar en el banco hasta el borde del andén, observa y vuelve. Ya ha averiguado adónde se detendrá el vagón que nos toca, y ante la inminencia del arribo su mano aprieta la mía.
Ahí está. Ha llegado estruendoso y apenas se ha detenido, entre resoplidos, como para darles tiempo a los pocos pasajeros a subir.
¡No alcanza a parar que ya arranca! —ha dicho mi madre, mientras sube llevándome aferrado con una mano, a la vez que con la otra sostiene un bolso. Mi padre, que sólo ha ido a despedirnos, arrastra dos enormes valijas que acomodará en el vagón, y apenas tendrá tiempo de bajar porque la cadena de anuncios ya ha sonado entera: primero el tañido de la campana, luego el pitazo del jefe de estación e inmediatamente el silbato de la máquina indicando que se pone en movimiento.

El tren me provocaba una mezcla de miedo y fascinación. Mi abuela me recomendaba que no me acercara. Te puede chupar, decía. De grande comprendí por qué: el andén era techado y apenas tenía unos cuatro metros entre las vías y las paredes de los depósitos y las boleterías, y se transformaba en una especie de pasillo si el tren estaba estacionado; cuando este tomaba velocidad daba una sensación de vértigo, como la de estar en una habitación con una pared que se desplaza haciendo ruido. Pero también me gustaban esas siestas en las que íbamos a buscar o despedir a algún familiar. Viajaban muchos soldados, que trepaban al vagón cuando el convoy ya estaba en movimiento y se quedaban parados con un pie en un escalón y el otro en el inmediato superior, la rodilla doblada y el antebrazo apoyado en ella, birrete en mano, mirando lejos. No iban a ninguna guerra, ni siquiera tenían porte de héroes, pero yo les envidiaba esa suerte de irse, de poder subir a un vehículo que era capaz en pocos segundos de cambiar el horizonte.
Pero ese es El Serrano, tren diurno, y yo he partido en el nocturno, el Rayo de Sol, que ha pasado a horario por Bell Ville, a las 23.45.
El recuerdo tan nítido de mi partida sigue con imágenes del vagón: registra los perfiles de los asientos, mi madre moviendo los respaldares, y un olor mezcla de cuero y manzanas. Luego aparecen algunas escenas de madrugada en el playón desértico y mal iluminado de la estación de Rosario, y de allí salta a la mañana siguiente, ya en Buenos Aires.

(textos de El modo exacto de estar en el mundo, 2014)

Claude Monet
(Francia, 1840 – 1926)
La estación Saint-Lazare, llegada de un tren, 1877
Fogg Art Museum, Harvard, EEUU
https://es.wikipedia.org/wiki/La_estaci%C3%B3n_Saint-Lazare_(Monet)

Paul Delvaux
(Bélgica, 1897 – 1994)
La Gare forestière, 1960
Museum Paul Delvaux, Koksijde, Bélgica
https://www.flemishmastersinsitu.com/es/locaties/paul-delvaux-museum-koksijde 

Paul Delvaux
(Bélgica, 1897 – 1994)
Tren nocturno, 1957
KMSKA (Museo Real de Bellas Artes de Amberes), Bélgica
https://stephenrobertcarruthers.substack.com/p/paul-delvaux-trains-trams-and-stations

Sándor Bortnyik
(Hungría, 1893–1976)
Train Leaving Tunnel, 1918-1919 
Yale University Art Gallery, EEUU
https://artgallery.yale.edu/collections/objects/34216

John French Sloan
(EEUU, 1871 – 1951)
Six o´clock, winter, 1912
The Phillips Collection, Washington
https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Sloan_sixoclock,winter1912.jpg#filelinks

Jeffrey Smart
(Australia, 1921 – Italia, 2013)
Keswick siding, 1945
Art Gallery of New South Wales, Australia
https://www.artgallery.nsw.gov.au/collection/works/193.1982/ 

Hanno Karlhuber
(Dresden, 1946 – Viena, 2022) 
The signal, 1995
S/d de ubicación
https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Hanno_Karlhuber

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