Reginald Marsh
(París, 1898 – Vermont, EEUU, 1954)
Ciudad minera de Pensilvania, 1932
Carnegie Museum of Art, Pittsburgh,EEUU

El último viaje de La Titana

Al final quedamos mi amigo y yo. Los demás no quisieron y hasta nos dijeron que era una estupidez perder una tarde solo para ver pasar un tren.
No era un tren más, era el último viaje de la locomotora a vapor que tantos recuerdos nos brindó: ir a alguna kermés o matiné de la villa, acompañar al Atlético cuando jugaba en la ciudad, escaparnos del aburrimiento… Trepábamos a los vagones en el cambio de vía, donde reducía la velocidad y nos descolgábamos antes de que entrara a la estación.
Alzamos una botella de ginebra a la mitad y un paquete de cigarrillos. Cruzamos el oscuro monte, trepamos la cuesta y bajamos con cuidado la ladera del poniente, hasta encontrar una piedra, una piedra grande y plana donde nos ubicamos.
Por un largo rato disfrutamos del paisaje quieto. Y cuando ya habíamos visto casi todo y no quedaba nada en la botella distinguimos el humo, una columna de humo oscuro.
Entonces escrutamos el sendero hacia abajo y nos lanzamos, para verlo de cerca.
Comenzamos a escuchar un ronroneo que se repetía en el eco del valle, hasta que de entre medio de un bosquecito que el otoño empezaba a amarillear apareció, ruidosa e imponente, La Titana.
Primero la chimenea humeante que coronaba el cuerpo rojo grisáceo de la locomotora y tras esta una larga cadena de vagones cargados de piedras. Inició la amplia curva que lleva al desfiladero por donde se sale a los llanos.
Cuando pasó cerca nuestro levantamos los brazos para saludar al maquinista.
No nos respondió. Ni siquiera se volvió hacia nosotros. Parecía concentrado en algo, pero no miraba hacia el frente ni tampoco a los controles. Iba con la cabeza gacha, como quien piensa en algo distante del lugar.
Ese hombre no olvidaría ese día. Tampoco nosotros.
Uno a uno pasaron los vagones hasta que cerró el paso el furgón de cola, con una bandera roja.
El sol ya estaba bajo y había que volver.
Miramos hacia arriba y coincidimos en que si acaso lográbamos hacer el camino de vuelta se haría de noche antes de llegar.
Mi amigo me pidió el celular –se había dejado el suyo– y llamó a su nieto para que nos buscara en la camioneta.

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