Antonio Berni
(Rosario, 1915 – Buenos Aires, 1981)
Team de fútbol o Campeones de barrio, 1954
Colección particular

Siete Corazones

Don Privitera había comprado unos telones que usaba para sus giras una desaparecida compañía de radioteatro. Nosotros preferíamos uno en el que había una playa con palmeras y veleros en un mar azul, pero el viejo puso el que quiso él, y a callar.
Siete Corazones, así nos llamábamos, y usábamos la roja y negra que tiene puesta el Moji. Jugábamos en un torneo de futbol siete contra equipos locales y algunos de las colonias cercanas. Dirán que hay más de siete, y es verdad, pero el día que fuimos al estudio llevamos a los más amigos para que también salieran en la foto.
¿Ven que parece que hubiera dos grupos? Bueno, los que jugamos somos los de la izquierda, menos el Mona, el de pulóver verde, al que le decíamos así porque era monaguillo, y Pontoni, con el mameluco celeste, que tenía que ayudarlo al padre y no podía ir a los partidos. Una lástima, porque Pontoni jugaba mejor que todos. Pero visto a la distancia más lástima da que ninguno de los dos está. Pontoni entró a trabajar en una metalúrgica grande de la capital, adonde le iba bien, pero un tanque explotó e hirió a varios operarios, entre ellos a él, que al poco tiempo murió. Lo del Mona es más brutal: como era de esperar se hizo cura y fue a parar a una iglesia en un barrio muy pobre. En épocas de la dictadura, una mañana de invierno llegaron dos autos sin patente y bajaron unos tipos armados que entraron a la sacristía donde estaba con un matrimonio del lugar preparando la comida diaria de los chicos. Se los llevaron a los tres y nunca más aparecieron.
Los que están del otro lado son los hermanos Carrasco, que cuando terminaron la secundaria se fueron al sur y les perdimos el rastro. Tampoco supimos más nada del muchacho de la bandera, al que le decíamos Buda, casi no hablaba y tenía muchos problemas de entendimiento. El morochito de polera verde clara es Molina, Molinita, siempre estaba relatando algo: los goles propios para halagarnos y los que nos hacían como una cargada. Hoy es periodista en la tele. El flaco de suéter rosa es el turquito Jailai y el pequeño al que sostiene es su primito, que siendo tan chiquito ya hacía jueguitos con la Pulpo que tiene en la mano. Sus familiares eran comerciantes y así como llegaron se fueron quién sabe dónde.
Y quedamos los Siete Corazones.
El Moji, el de la camiseta roja y negra, a los dieciocho se hizo cargo del campo del padre y se abrió del grupo. A ambos lados de él están Dante y el Nano, los dos se fueron becados a estudiar mecánica y cuando se recibieron los contrataron en Detroit; no hemos vuelto a verlos, pero en el grupo estamos seguros de que son pareja. El de camisa lila es Moncho, ahora el dentista de los que quedamos. Junto a él está Moreno, que se hizo cana y pidió el traslado (nadie lo extraña). Después está el Colorado Dubarri, siempre elegante y festivo, igual que ahora, que tiene una cadena de supermercados y es el que más empuja para que nos juntemos a comer o copetear. El Colo tiene el brazo sobre uno de camisa amarilla y mirada perdida: ese soy yo. Mantengo esa mirada, me gusta el color amarillo y guardo como un trofeo esa pelota de cascos de cuero, que era mía y, además, el único motivo por el que me dejaban integrar el Siete Corazones, porque nunca serví para el fútbol.
Qué lindos tiempos, y qué distantes.
El día que fuimos a buscar la foto, don Privitera nos regaló una copia más chica para cada uno y nos hizo una recomendación que tengo bien grabada.
Guárdenla bien porque al final es lo único que queda, dijo.

 

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