Andrew Wyeth
(EE.UU., 1917 – 2009)
Christina Olson, 1947
Colección particular
Palabras innecesarias
Cuando yo era chico nadie usaba la palabra empatía. Por mi parte, empecé a escucharla ya en este siglo, primero en ambientes cultos y luego a la bartola. Puesto a curiosear, descubrí que la Real Academia Española la incorporó a su diccionario en la edición de 1984.
La pintura “El mundo de Christina” de Andrew Wyeth es muy conocida, está en el MoMA de Nueva York y se la puede ver en decenas de páginas de internet. Su historia es tan interesante como el cuadro.
Los Wyeth tenían una casa en el estado de Maine (EE.UU.), en la que pasaban los veranos. Dicen los biógrafos que el día que cumplió 22 años Andrew conoció allí a su pareja de toda la vida: Betsy James (entonces 17, buena presencia, luego representante de él, escritora, longeva: murió a los 98 años, siete más que su marido). Ese mismo día ella lo llevó a conocer una granja vecina que le fascinaba y de la que allí mismo él pintó una acuarela.
Aclaremos las cosas:
– quien armó esa pareja fue Mr. James, padre de tres hijas, que invitó a Andrew para que las conociera; para fortuna del celestino, Andrew se quedó con una y solamente una: Betsy;
– en la granja vecina vivían Alvaro y Christina Olson, amigos de Betsy;
– en ese momento comenzó una obsesión para Andrew Wyeth: los Olson y su granja fueron el tema recurrente de su obra durante 45 años;
– no solo en eso tuvo influencia Betsy: fue ella quien lo convenció de que debía pintar al temple al huevo, técnica con la que él logró celebridad.
Christina Olson, era paralítica de la mitad inferior de su cuerpo (se supone que por poliomielitis, pero no hay consenso en ello) y cosechaba hortalizas, cortaba flores o simplemente paseaba arrastrándose por el campo porque se negaba a usar la silla de ruedas. Wyeth la observaba a diario y decidió pintarla, aunque quiso que en la pintura Christina apareciera joven –ella ya tenía entonces 55 años– y usó a Betsy como modelo para el torso.
En un reportaje dijo que el verdadero reto no era pintar el paisaje, sino “hacer justicia a su extraordinaria conquista de una vida que la mayoría de la gente consideraría desesperanzada… limitada físicamente, pero de ninguna manera espiritualmente”.
Wyeth la pintó en cuatro cuadros, además de dibujos y bocetos. Aquí se reproduce uno de ellos, pintado pocos meses antes que el famoso. Los dos restantes son posteriores; el último, de 1967, fue terminado poco antes de su muerte a los 74.
Cultivaron una gran amistad, tanto que por propia decisión Weyth está sepultado al lado de la tumba de ella, en el cementerio del poblado que compartían.
Teníamos muchas maneras de expresar y nombrar lo que sentíamos por nuestra familia, los amigos, las amigas, alguno más grande que nos sacaba de apuros, aquel que nos enseñó los primeros tonos en la viola, el que nos prestaba su bicicleta de carrera, alguien que era más lento y lo ayudábamos, la señora de la cuadra que nos prestaba libros, la maestra que te perdonaba alguna grosería…
Lo dije al comienzo: cuando yo era chico nadie usaba la palabra empatía. No la necesitábamos.

