Aaron Bohrod
(EEUU, 1907 – 1992)
Chatarrería, 1939
Smithsonian American Art Museum, Washington DC
La vida sigue en San Valerio
Los que crecimos en San Valerio nos conocemos bien, sabemos de dónde venimos y de qué está hecho cada uno, y podemos decirlo y sostenerlo: todos pasamos por la chatarrería de Giannantoni. En una línea del tiempo aparecen, en primer lugar, unos pibes que a la salida de la escuela merodeábamos por ahí a negociar con el tano, al que le hacíamos algún trabajito a cambio de unos rulemanes para armar los autos con los que nos largábamos por la bajada del cerro. Varios guardamos el recuerdo de la mugre con que volvíamos a casa y el exhaustivo interrogatorio para saber por qué estábamos manchados de herrumbre (también portamos cicatrices de frecuentes percances con aquella peligrosa chatarra).
Luego, ya en la secundaria, arrasábamos con todo lo metálico que encontrábamos a la vista, lo que incluía sustracción de objetos de cobre, cacharros de aluminio, canillas de bronce… metales que cotizaban bien. Eso mejoraba nuestras salidas de fin de semana, pero no nuestra reputación en San Valerio.
Lo dicho: todos nos conocemos y todos pasamos por lo del viejo Gianna, solo que algunos avanzamos y otros se quedaron. Por caso, los hermanos Mancarro, Fito y el Manga.
Los dos entraron a la grande, según sus propias palabras. Comenzaron a robar placas de profesionales y de las tumbas del cementerio, también baterías de coches y camiones, y siguieron con líneas de teléfono o eléctricas, una amalgama de metales que luego le vendían a Gianna.
En una de esas sustracciones el Manga tocó el cable equivocado y la descarga lo fulminó en el lugar. Fito continuó solo y su próximo paso fue aún más vil: falseó la tranca de un portón del fondo del terreno del viejo y todas las noches entraba a robarle. Cierto es que Giannantoni carecía de escrúpulos y les había robado a ellos desde que eran chicos, pero aquello parecía demasiado… Demasiado, pero no definitivo, porque el viejo murió y Fito la cercó a la viuda, que no tenía hijos y ya estaba muy mayor y algo perdida. Se hizo cargo del negocio, a cambio de mantenerla y ponerle una mujer de acompañante, que no era otra que su propia esposa.
En poco tiempo la viuda fue derivada a un geriátrico y Fito pasó a ser propietario del negocio al que la gente siguió mencionando como la chacarita de Giannantoni.
Fito ya es un hombre mayor, calvo y con barriga. Los niños le llevan cuanto objeto metálico o valioso pueden sustraer y él les da unas míseras monedas.
San Valerio se reacomoda, se renuevan los actores… la vida sigue. La historia se va imitando a sí misma.

