Keith Henderson
(Escocia, 1883 – Sudáfrica, 1982)
La palabra, 1931
Harris Museum – Art Gallery, Preston, Inglaterra
La señorita Eduviges
Nada dejaba lugar para la sospecha. Su figura, esa vestimenta, la prédica reiterada… todo parecía cerrar una infranqueable fortaleza de virtud.
La señorita Eduviges afrontaba los riesgos y entraba a tugurios a los que la mayoría de los vecinos de la ciudad no se acercaban. Y no era que lo hiciera para renegar del ambiente, de las malas costumbres y de las blasfemias que en el lugar se sucedían una tras otra y a viva voz. No, ella no se quedaba con eso: se arrimaba a los grupitos, preferentemente de jóvenes a los que percibía alejados del buen camino, y tras amonestarlos les soltaba su perorata. Luego abría el bolso que la acompañaba a todas partes e intentaba dejarles un ejemplar de los libritos que llevaba en él –que nunca nadie tomó pero que todos intuían de qué se trataba–, momento en que comenzaba el chacoteo mayor, porque por lo común ya estaban todos bebidos y descontrolados. Se le reían y mofaban en su propia cara, y ni siquiera se guardaban nada para cuando se fuera. Ella parecía imperturbable y seguía su inútil monserga hasta que los otros se cansaban y dejaban de prestarle atención. Entonces la señorita Eduviges cerraba el bolso y se retiraba.
Del hecho varios se atribuyen haber sido testigos, pero es posible que quienes realmente lo presenciaron hayan preferido guardar silencio e incluso negarlo. Además, la noche helada y lluviosa no invitaba a salir de la casa, y la concurrencia era menor a la habitual.
La señorita Eduviges entró como siempre, sin llamar la atención de nadie, y eligió la mesa de unos veinteañeros de mala calaña que eran quienes peores cosas le decían. Comenzó a hablar y ellos a burlársele, y cuando siguiendo un rito abrió el bolso y metió la mano como buscando un ejemplar del libro, la sacó empuñando una Luger con la que sin titubear y con una puntería perfecta les encajó un balazo en la cabeza a cada uno de esos cuatro pobres infelices. Luego guardó la pistola y se fue sin que nadie lograra salir del asombro. Solo el dueño emergió de la cocina y corrió a la calle, pero la señorita Eduviges ya se había perdido en la noche cerrada.
La buscaron en su casa, pero no solo no dieron con ella sino que comprobaron que había sacado la ropa y todo lo de valor, excepto un uniforme del ejército y varias fotos de alguien vestido de militar (luego se sabría que la señorita Eduviges tenía un hermano muerto durante la guerra, lo que también explicaba la posesión del arma).
También encontraron un par de cajas llenas de ejemplares del libro de tapas oscuras con una cruz dorada y un título religioso que ella intentaba repartir en sus incursiones expiatorias.
Lo extraño del caso es que todos tenían las hojas en blanco.

