Joan Ponç
(Barcelona, 1927 – Francia, 1984)
La prisión, 1950
MACBA (Museu d’Art Contemporani de Barcelona)
La prisión
El sol en el piso, como leche derramada entibiando el cemento. El sol en el piso, una luz lenta que se va corriendo y comienza a trepar por la manta que lo cubre. Cipriano comienza a sentir el calorcito y con movimientos lentos se va levantando. Mordisquea un trozo de pan duro que ha quedado sobre la mesa chueca, y trepado a ella alcanza a distinguir un rectángulo de cielo. La breve claraboya por la que durante algunos minutos logró filtrarse un rayo luminoso le muestra ahora un celeste sucio de polvo. Antes que oscurezca nos va a tapar la arena, le dice a nadie mientras recorre con la vista el minúsculo calabozo buscando algún trapo para cerrar las hendijas. A un costado del camastro comienza a hacer flexiones mientras mantiene el oído atento a cualquier ruido en la puerta. La mayor preocupación de los guardias es que no hagan ningún tipo de gimnasia. Como para que se vayan poniendo fofos y lentos y terminen todo el día tirados, sin fuerzas ni para recoger el guisote que ya han de estar por pasarle por la mirilla. Como termina la abeja reina, según recuerda de un libro que le regalaron al pequeño a poco de nacer. Un enorme vientre redondeado y en su extremo, como si fueran de otro animal, las minúsculas cabeza y patas. Sólo que el trato de las obreras dista del que reciben en el penal. Y cuando todos sean así, una masa de carne sin fibra, se irán muriendo sin darse cuenta, secándose, y los que perduren serán muñecos de gelatina adosados a las sábanas sucias, a los que no será necesario cuidar. Si ya ahora no hay mucho control de los muros del penal, según alcanzó a enterarse antes que lo aislaran, para entonces les dejarán las puertas abiertas y apenas se asomarán de vez en cuando para ver si hay algún otro para tirar. Atarán la sábana por las cuatro puntas y lo pasarán derecho al incinerador. Y cuando ya no quede ninguno, cerrarán el portón y se irán, o ni siquiera necesitarán cerrarlo: sacarán lo que sirva y dejarán que la arena y el viento hagan su trabajo.
Como si hiciera falta desgastarnos más –dice en voz alta, tirado de nuevo en el camastro, para que así lo vea el guardia cuando eche una mirada antes de la cena. Hasta algún tiempo atrás todavía había intentos de fuga, arrebatos desesperados sin ninguna planificación. Ninguno de los que probaron volvió, pero al otro día, por la cara de los guardias, uno se daba cuenta de lo que había pasado. Rostro de alegría, lo fusilaron; gesto de decepción, ya se encargará el desierto. La sed, el sol del mediodía o el frío de la noche. Si hasta parece que descuidaran el cerco para tentarlos a probar suerte y así poder jugar a la caza del reo. Apostando a quién le mete el primer balazo. Tirando con munición fina para hacerlo más deportivo. Cualquiera que se decida y esté en muy buenas condiciones físicas puede intentarlo; recuerda que la primera de las pocas veces que lo sacaron al patio le llamó la atención la valla de alambre, tan fácil de saltar, y la única torre para controlar todo el perímetro. Pero también tiene presente que llegó en helicóptero, que no hay camino y que todas las dunas son iguales. Sin saber la ubicación del penal, no hay adónde ir.
La mirilla se abre y con los ojos cerrados siente la mirada del guardia que verifica que esté inactivo. El chacal pega un par de patadas a la puerta y grita “comida”.
Ahora, hasta que le pasen el plato, tiene un tiempo en que nadie lo verá. Cinco, diez minutos, una hora… no lo sabe, pero cuantas veces lo calculó su reloj interior no falló. Vuelve a treparse a la mesa y con un pedazo de toalla tapa un hueco por donde ya estaba entrando arena. Entonces ve algo que aunque intrascendente rompe la monotonía de tantos meses.
De “El predecidor de tormentas”*
El deseo y las sombras (2007)
* El texto completo del cuento se puede leer en https://ricardoirastorza.blogspot.com/2026/09/sobre-ruido-y-nueces.html

