Mildred Burton
(Paraná, 1942 – Buenos Aires, 2008)
La casa del tigre, 1976
Colección particular
La familia
La nana Franca, nuestra niñera, se lo advertía desde que éramos chicos. Tené cuidado con los bichos, le decía. Bichos eran iguanas, teros, lagartijas, culebras, comadrejas, pájaros raros y una amplia variedad de perros y, sobre todo, gatos. El pueblo entonces era un extraño reservorio de felinos de variados pelajes, tamaño y domesticidad. La destinataria de la advertencia de la nana Franca era nuestra prima Elina, que recogía cuanto animal extraviado y desvalido se cruzaba a su paso.
El patio donde nos criamos era –según nos parecía– descomunal e insondable. Los varones conformábamos el grupo mayoritario y nos preocupaba ante todo la provisión de cañas: comunes para la construcción de barriletes y tacuaras para aparejos de pesca, lanzas y armas similares; luego estaban las frutas, aunque preferíamos robárselas a los vecinos, y lo demás no nos interesaba.
Elina veía de manera diferente el mundo de entonces (también el que conocimos después). Hábil para el bricolaje, armaba jaulas y recintos donde iba depositando animalitos de todo tipo, con los que pasaba gran parte de su tiempo.
Dejamos de ser niños y comenzamos a utilizar el patio para otras actividades. Los varones habíamos armado una choza que era nuestra guarida donde nos emborrachábamos a cualquier hora, otros guardaban la cosecha de las plantas de marihuana sembradas alrededor, algunos robaban carteles de señalización, insignias de autos u otras cosas –que vendían a buen precio– y los escondían bajo un catre, sede de fechorías con algunas novias furtivas… Elina y las primas nada tuvieron que ver con esa choza vergonzosa.
Todo pasa, incluso esa época procaz y acaso delictiva pero necesaria. Como es natural, nos desparramamos: estudios, trabajos, diletancia y vagancia llevaron a cada uno por distintos rumbos. Yo a Canadá. Se me daba bien el diseño gráfico y conseguí trabajo en Quebec.
Tras algunos años ausente, en un viaje para visitar a la familia salí una noche a cenar con el Pucho Saldez, excompañero de colegio, con el que tocábamos en un grupito de rock. Del restaurante pasamos a un pub y de a poco nos fuimos emborrachando y sincerando. Pucho me recordó que había sido novio de Elina, que la había querido mucho, al extremo de estar a punto de casarse y que cuando ella cortó la relación le había dejado el corazón destrozado. Pese al exceso de alcohol, la frase me pareció cursi y además para entonces Elina era apenas una prima casi olvidada y de la que ni siquiera sabía adónde vivía.
Quizás lo dije, porque Pucho interrumpió mi incertidumbre.
–Vive en Montevideo –dijo–. Yo ya no sé más nada de ella y mejor que sea así.
Pregunté por qué, mientras empezaba a notar que estaba entrando a un terreno de confesiones de Pucho que a mí no me atraían demasiado.
–¿Vos sabías que Elina tenía cierta obsesión por los gatos? –preguntó.
–Por los bichos, por todos los bichos –respondí en el acto, con la voz aguardentosa y vacilante–. La nana Franca… –empecé a decir pero fui interrumpido.
–Los gatos, eran los gatos su debilidad. Y ella era una gata.
Mientras yo intentaba hilvanar una respuesta a esa curiosa afirmación, él miró a los costados y repitió su afirmación de que era una gata, a la vez que tras levantarse la camisa se daba vuelta para mostrarme las profundas cicatrices en su espalda, nítidos arañazos de una garra, o de una mano en garra.
Me dio impresión y hasta creo que un poco de asco.
Farfullé algunas frases mal armadas acerca de su relación con ella y de cómo la gente se aleja de quién ha querido, pero me di cuenta de que mis palabras eran inentendibles.
–Elina fue madre soltera –dijo Pucho–. Lo decidió ella: tuvo al crío y nunca más lo vió al autor.
En el acto intenté armar una perorata sobre lo meritorio de eso, pero el me libró del papelón.
–Elina vivía en un departamento con varios felinos, no todos domésticos. Cuando la beba, a la que le había puesto el nombre de ella, tenía unos pocos meses fue despedazada por una de las bestias.
Ahí hice la primera arcada, junto a la barra. El ambiente estaba denso y nadie pareció reparar en eso. Tampoco Pucho, que me miraba con una mezcla de piedad y desprecio.
Logré recuperarme. Limpié mi boca y la remera con unas servilletas y alcancé a ver que pagaba la cuenta. Entonces me miró y lo dijo con firmeza pero sin enojo.
–Ustedes, no solo Elina, ustedes son una familia de enfermos. De vos no sé nada, aunque podría hablarte de los otros… Mejor no lo hago. Pero ahí está Elina, sola en el departamento y con los mismos bichos, incluido el que la mató a la beba.
Volví a vomitar en la vereda y paré un taxi para llegar a casa.
Mi cuarto olía a encierro, natural tras tres o cuatro años que no fue usado y nadie abrió las ventanas. Estuve mirando mis discos de la adolescencia, algunos libros que no recordaba haber leído, fotos, afiches… Escarbé algunas cajas. Había cosas que me resultaban familiares, otras que no sabía qué eran y en un estuche de madera vi algo que me impresionó: tres collares para perros chicos, de distintos colores. Recordé que eran trofeos especiales: pertenecieron a los caniches de la directora del colegio y se los matamos un día que ella no estaba.
Es posible que Pucho no esté errado con eso de que somos una familia de enfermos.

