Edward Hopper
(EEUU, 1882 – 1967)
Compartimento C, coche 293, 1938
Colección particular
La comunicación no existe
Ella leía una revista, aunque distinta a las que se venden en los kioscos: no tenía ilustraciones y su formato era otro.
Si lee eso es una académica o una profesional, o acaso una periodista especializada, fue lo primero que pensó él, que también leía: un ordinario pasquín deportivo abandonado por alguien en el portavalijas y que se puso a hojear con el simple interés de que le diera sueño. Pero en alguno de sus escarceos visuales notó que, bajo el ala del coqueto sombrero que hacía juego con su vestido, la bella dama le echaba una discreta ojeada, y entonces con el mayor disimulo cruzó la pierna enfrentada a ella y la dejó a una altura tal que quedaba a resguardo el tenor de la lectura a la que estaba abocado.
Tal vez ella no reparó en la pieza literaria que ocupaba a su vecino de enfrente, pero sí observó su atractiva figura. En una rápida composición de lugar, midió la altura a la que se encontraba la falda y sin titubear también cruzó las piernas.
Es posible que el acto no haya sido simultáneo con las cíclicas miradas furtivas que le echaba, pero él percibió el movimiento y de repente se encontró con varios centímetros de muslo al desnudo de la pasajera que ya empezaba a inquietarlo.
La pasajera inclinó la cabeza hacia la ventanilla y procuró concentrarse en lo que a través de ella podía distinguir, aunque no pudo desentenderse de la turbación que le producía saber que la vista del desconocido estaba clavada en sus piernas y que gran parte de su imaginación estaría concentrada en lo que la falda ocultaba. No le desagradó la sensación.
Él pensó si no correspondía ponerse de pie, presentarse y decirle que puesto que les esperaba un trayecto tan largo podrían conversar un rato como para amenizar el viaje. Aunque al fin de cuentas, solo ella ocupaba el compartimento y bien podía él sentarse al frente o a su lado, sin explicación alguna.
Ella siguió hojeando esa ridiculez sobre mitología que alguien había olvidado en el asiento y no se animó a alzar la novelita rosa que estaba leyendo, no fuera que el pasajero de enfrente pensara que era una chirusa, sobre todo teniendo en cuenta ese aspecto intelectual que le daban los lentes y la barba.
Él notó que todo el interés de la pasajera –una estudiosa, sin dudas– parecía estar centrado en la lectura de la obra, y logró abstraerse de esa nueva y repentina subida de la falda unos cuantos centímetros más.
Ella de a poco se fue quedando dormida.
Él se dio vuelta hacia el otro lado y a los pocos minutos roncaba.

