Heinrich Maria Davringhausen
(Alemania, 1894 – Francia, 1970)
El acróbata, 1920
Colección particular
El acróbata
(Argentina 2026)
No fue más al fútbol ni a bailar, tampoco a la parrilla del barrio ni al bar del parque; además, abandonó el gimnasio y dejó de pagar la mutual. Vendió la bicicleta para reparar la moto, que por seguridad empezó a guardar en el living; así pudo alquilarle el tingladito del frente a un vecino y con lo recibido pagar la cuota de la heladera que tuvo que cambiar. Siguió con el reparto matutino de la pizzería, el mantenimiento de algunos jardines y los arreglitos de electricidad por la tarde, y también consiguió unas horas de portero nocturno en un pub del barrio alto. Le quedaban pocas horas para dormir, pero los domingos se ponía al día.
Pasar tanto tiempo de pie comenzó a mostrarle su costo: a la noche notaba las piernas hinchadas. Alguien le dijo que si las ponía en alto favorecería la circulación y notaría el alivio. Así lo hizo, mas no notó ninguna mejoría. Entonces recordó una habilidad de su infancia: la vertical, que le había enseñado el profesor de gimnasia de la escuela y que no solo le salía bien sino que hasta caminaba largos trechos con las manos. Hacía muchos años que no la practicaba, pero apenas lo intentó se mantuvo erguido sin inconvenientes. Y lo mejor fue que disminuía la molestia en sus piernas.
Comenzó a hacerlo todas las noches antes de acostarse y tal destreza adquirió que hasta podía mantenerse apoyado en una sola mano.
En el pub conoció a un grupito snob de pintores y artistas plásticos que le propusieron posar para ellos. Acordaron una cita en un estudio y fue con cierta desconfianza.
Hizo un par de posturas de modelado para el grupo. Algunos trazaron bocetos para posteriores pinturas, otros dibujaron, alguno solo miró y tomó notas.
Al terminar la sesión le dijeron que tenía un cuerpo perfecto y que les interesaría registrarlo sin ropas.
–¿Desnudo? –preguntó él, como para tomarse unos segundos para pensarlo.
El asentimiento de los demás fue acompañado por la aclaración de que le duplicarían la paga.
Aceptó con algunas condiciones: intimidad, calidad artística y ninguna foto. Estuvieron todos de acuerdo, aunque le aclararon que las sesiones serían más cortas pero dos por semana. Calculó cómo se acomodaría para cumplir con ellos y a la vez con el ferretero, el tano de la despensa y otros negocios del barrio a los que siempre les saltaban los fusibles, también con los del sanatorio y la hostería, que había que atenderles el parque todas las semanas.
Alcanzó a musitar un sí, mientras pensaba cuándo le quedaría tiempo para la ropa, más ahora que se le quemó la lavadora, pero se la llevaría a la señora de la esquina para que se la lave y él la compensaría cortándole el pasto y podándole los rosales.
Al fin y al cabo, ya lo decía aquel profesor de gimnasia de la escuela cuando le enseñó a hacer la vertical: se trata de mantener el equilibrio todo lo que puedas, pero tarde o temprano te venís abajo.

