Pío Collivadino
(Buenos Aires, 1869 – 1945)
La hora del almuerzo, 1903
Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires

Los almuerzos

Llegaban a las ocho en punto, con algún anticipo los que vivían lejos, jugados otros, medio dormidos casi todos. No había tiempo de cambiar palabra alguna. Además, la marmolería era ruidosa, el trabajo no permitía distraerse y cada uno procuraba hacer lo mejor posible. Eso aseguraba continuidad y alguna paga extra.
En esa rutina de lunes a viernes había cuarenta y cinco minutos de distracción, el espacio en que la mente se alejaba de la concentración en la sierra, las pulidoras, los taladros y todo aquello que podía arrancar un dedo, si no una mano.
Eran siete ahí en el patio, portando un sandwich o lo que hubieran llevado para comer, siete que lograban verse con detenimiento y decirse cosas irónicas referidas al corte de pelo, las zapatillas, a la cara de sueño, comentarios sobre fútbol, algún chanza, proyecto de salida para el fin de semana.
Ahí estaban Tobías, un activo profesante que los miraba con afecto y cierta piedad porque los consideraba candidatos al infierno; monsieur Phavré, que era de segunda generación en suelo patrio pero hablaba como recién desembarcado y parecía asombrarse de las costumbres de los otros.
Chavez y el rengo Vilque provenían del norte, maoista uno, trotskysta el otro, ocupaban el recreo en discutir sobre el carácter de la revolución. Los que más disfrutaban de ese momento eran los hermanos Sanduk, los polaquitos, que parloteaban en su idioma y se reían a más no poder sin que los demás pudieran ni imaginar qué les causaría tanta gracia.
El pibe Saldaño clavaba la vista en la nada y extrañaba a su novia, con la que había estado pocas horas antes (antes del año la chica se fue a vivir con su jefe y el pibe empezó a emborracharse hasta que perdió el trabajo).
Yo los veía desde el altillo de mi casa, cuando me sacaban al balcón para que tomara un poco de sol. Mi papá, que era el encargado de la marmolería y los espiaba en los recreos, me contaba todo sobre ellos. A él le parecían indivíduos de poca monta, según decía. Yo solo los envidiaba.
La pintura la hizo el pibe Saldaño, entre copa y copa. Un talento arruinado por el escabio. Me la regaló cuando le conseguí un cargo de ordenanza en la municipalidad. Para entonces yo ya era diputado y el intendente me respondía.
Alguien del concejo vociferó qué era eso de darle trabajo a un curda. Yo le hice saber que el curda era un virtuoso con su mano derecha, y que en cambio él solo la utilizaba para levantarla cuando le ordenaban hacerlo. No jodió más.
El pibe Saldaño no me falló, pero cuando un día le pregunté por sus compañeros de la marmolería bajó la vista, me pidió disculpas y dijo que prefería no recordar esa época.

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