John Sloan
(EEUU, 1871 – 1951)
Carnaval itinerante, Santa Fe, 1924
Smithsonian American Art Museum, Washington, EEUU

La Muralla de la Muerte

Una noche cálida de verano fuimos con el Indio a un parque de diversiones que se había instalado en el Prado Español. Entre calesitas, hamacas voladoras, martillos, ruedas gigantes y diversiones similares, en medio del campo, alejado de los quioscos de tiro al blanco, pesca de premios, carreras de caballos mecánicos y otras maneras de quitarle algún dinero a la gente, había una construcción redonda, de madera, de unos seis metros de diámetro y algo menos de alto, pintada de varios colores y con un cartel sembrado de calaveras. LA MURALLA DE LA MUERTE. Al Indio se le iluminó el rostro cuando vio aquello. Compró un par de billetes y tras dejar la silla en la boletería, me subió en brazos por una escalera lateral que llevaba a la parte más alta de la construcción, adonde desde un pequeño balcón circular que lo coronaba se podía mirar el interior. Las paredes caían perpendiculares hasta unos cincuenta centímetros del piso y luego se inclinaban hacia adentro, a 45 grados, como una corta rampa . A poco de estar allí, entre una discreta concurrencia, se abrió una pequeña puerta lateral del pozo y entró un hombre joven, alto y delgado, vestido de cuero negro, y anunciado con un nombre y títulos que sonaban falsos. Tras saludar hacia donde estaba el público con el brazo en alto, se puso un casco blanco y unas antiparras y dio arranque a la moto. Comenzó a acelerar de a poco, mientras se movía en redondo lentamente, hasta que en un momento salió disparado por el borde de acceso a la pared lateral y la moto trepó y comenzó a dar vueltas en posición horizontal a toda velocidad. También la estructura empezó a sacudirse y temblar de manera inquietante. La moto circulaba por la parte media de la pared pero de a ratos subía y lo hacía próxima al borde, casi rozando la baranda de contención, y cuando esto sucedía el público gritaba y aplaudía. No conforme con ello, el piloto comenzó a soltar el manubrio, arrodillarse en el asiento y otras muchas destrezas que enardecieron a los espectadores. Después de varios minutos de distintas acrobacias, el hombre retomó su lugar en la moto y la hizo descender hasta volver al piso. Detuvo el motor, se quitó el casco y saludó hacia arriba con un brazo en alto. La estructura, que se había estabilizado, volvió a sacudirse, pero esta vez por la gente, que entre gritos y vítores zapateaba y golpeaba la madera. Allí me di cuenta de que estaba aferrado al brazo del Indio, con las manos húmedas y una sensación mezcla de admiración y miedo. Él se desprendió de mí para aplaudir al piloto, y yo lo imité. Bajamos de la Muralla de la Muerte entre gente que no paraba de comentar la actuación, y al pie de la escalera nos dimos con el motociclista, que se veía mayor de lo que parecía, estrechando la mano de cuantos se la tendían. El Indio también lo saludó, con tanto entusiasmo y admiración que me causó asombro.
Más tarde nos tomamos una fotografía vestidos de cowboys, que aún guardo, y después ocupamos una mesa en un kiosco de bebidas. Mientras él tomaba una cerveza y yo una naranjada, mirábamos pasar a la gente. Algunos conocidos se acercaban a saludarnos, la mayoría me decía alguna frase estúpida que culminaban acariciándome la cabeza, y comentaban la actuación del motociclista. Estoy viendo la mesa de madera cubierta de los pelechos rojos de los maníes, el platito metálico ya casi vacío, mi vaso con un resto del líquido y, a mis pies, la gramilla mojada por la humedad de la noche. Hay olor a cerveza, a caramelo y al río cercano. Se escuchan risas, voces y gritos alegres que provienen de los juegos, todo con un fondo de música festiva. Sin embargo, el ambiente no me contagia.
—¿Por qué lo saludaste al de la moto? —indagué al Indio.
Él hizo una mueca que me pareció una sonrisa triste y tomó un trago. Luego encendió un cigarrillo y me puso una mano en el hombro.
—No sé si sabré explicártelo… Cuando uno es joven sueña con ser un montón de cosas, y en todas el mejor, y mientras tanto hay que hacer otras menos atractivas. Y así se va creciendo, haciendo y soñando. El de la moto es algo parecido a lo que yo soñaba ser cuando tenía tu edad y un poco más, solo que siempre preferí los autos a las motos. No sé por qué lo habrán saludado los demás. Yo lo hice porque admiro su arrojo y cómo se juega.
—Eso no lo entiendo, ¿qué se juega?
—Se juega por algo que sólo él sabe cuánto vale.
—¿Y para qué se juega? ¿Para hacerse rico? —recuerdo que pregunté.
Él sonrió y después de saludar a alguien miró hacia donde estaba la Muralla de la Muerte.
—Acá nunca se va a hacer rico, y si pudiera tampoco creo que le interese. Mucha gente le encuentra un sentido a la vida sin importarle la riqueza —dijo, y al ver mi gesto de escepticismo, continuó—. Este que acabamos de ver podría limitarse a dar vueltas con la moto por las paredes de la Muralla de la Muerte, y todos lo aplaudiríamos, ¿estamos de acuerdo? Sin embargo, él hace todo tipo de acrobacias. Es seguro que empezó con alguna destreza menor y de a poco la fue haciendo más difícil, y agregando otras. Está buscando su límite… para ver si lo supera, claro —agregó, mientras se ponía de pie y me hacía una seña que indicaba que volvíamos a casa.
Fuimos buscando la salida. Todavía quedaban unos pocos quioscos abiertos, alguno mostraba a su propietario apoyado en el mostrador, esperando que pasara el tiempo; otros estaban cerrando. La música sonaba melancólica, y tuve la sensación de que todo se había vuelto triste.

De El modo exacto de estar en el mundo, 2014

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