René Magritte
(Bélgica, 1898 – 1967)
La llave de los campos, 1936
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
El testigo
Nos acompañó desde que estamos juntos, en los buenos momentos y en los otros, cuando todo era cuesta arriba y también en la bonanza.
Presenció reuniones con gente que sigue cercana, alguna distante o incluso que ya no está; vio crecer a nuestros hijos y envejecer a nosotros, que lo compramos en un mercado de pulgas.
Compitió con rivales de su misma categoría, la de reproducciones: Rousseau, Picabia, Lempicka, Leonor Fini, que se hicieron a un lado, y algunos originales (aunque no de las grandes ligas), y siempre salió airoso: ahí se mantiene firme en el lugar privilegiado de la sala de estar.
Sin duda sus colores no son los mismos de años atrás, aunque tampoco nunca fueron los que pintó Magritte; sin embargo, no nos cuesta recordar el bordó de las cortinas ni el verde grisáceo de los árboles tras ese cristal que siempre estará roto.
Los años han asentado sobre su superficie una imperceptible capa de polvo, hollín y grasa de comidas pobres y comilonas de festejos. En ella seguro está el registro de sonidos pasados: nuestros jadeos, la risa y el llanto de los niños, palabras fuertes, canciones entonadas con rabia y júbilo, la voz cascada de nuestros padres durante alguna esporádica visita, muchas charlas intrascendentes y también confesiones duras, las buenas noticias y las otras. Una capa de historia. Nuestra historia.
Y allí seguirá y algún día verá cómo nos llevan. Tal vez alguien lo descuelgue y lo instale en su casa.
Si es así, ojalá presida la sala de gente como nosotros, que fuimos felices o al menos lo intentamos.

