Richard Lindner
(Hamburgo, 1901 – Nueva York, 1978)
Muchacho con máquina, 1955
Colección Sylvie Baltazart-Eon, Paris

El pibe de la escuela San José

A la memoria de
Hugo Reinaldo Báez, “el Báez”
(1941 – 2026)

–¿Y usted, que no ha abierto la boca? ¿Qué opina? ¿Tiene algún recuerdo en litigio? –dijo Baez, reparando en mi silencio.
–El pibe de la escuela San José –respondí sin dudar.
–¿Quién era ese pibe?
–Alguien que parecía feliz. Nunca he podido describir la sonrisa de aquel pibe de la escuela San José, que en la clase de música cantaba “Los colores del arco iris de los cielos siete son, como siete son las notas…”, y así la letra entera, que yo no logré aprender, de una canción cuyo nombre no recuerdo. Él sí la sabía. Ésa y muchas más. En cambio, el niño ignoraba su apellido, y cuando surgía el comentario de asombro en forma de pregunta, ¿cómo puede ser que no sepas tu apellido?, él callaba y sonreía.
Debí detenerme allí pero algo me hizo seguir, y seguí, declamatorio, casi teatral.
–Sonreía el pibe de la escuela San José, con esa sonrisa que a tantos años no he olvidado ni tampoco he podido describir. Era una sonrisa para él, ajena a nosotros que lo acosábamos con nuestra curiosidad y con un estúpido e incipiente sentido común que se alteraba por el desparpajo con que él aceptaba no saber su apellido.
–Sería una sonrisa sobradora –opinó Saleme.
–Los misterios que trae el tiempo, las inevitables dudas que van surgiendo según transcurren los años, me han hecho preguntarme más de una vez qué podría haber sido de aquel niño que recuerdo moreno y corpulento, y tal vez algo feo.
–¿Y qué pasó con ese pibe? –apuró el Halcón.
–Con el pibe, ahora lo contaré. Lo que no sé es qué pasó conmigo.
–Estamos entrando en materia –intervino Baez.
–En el recreo largo, a poco de sonar la campana, cuando aún no habían salido la mayoría de los grados, lo esperamos en la terraza, adonde teníamos prohibido ir. Él sabía que nos juntábamos ahí, y allá fue. Cuando terminó de subir los cuarenta y cinco peldaños de la oscura escalera se dio con nosotros, que sólo lo miramos y sin decirle nada lo empujamos. Sus ojos mostraron susto, pero no alcanzó a gritar.
No logré reconocer esa voz, pero la boca que hablaba era la mía, y todos me miraban con cierto asombro y escuchaban en silencio mi relato.
–Rodó con el cuerpo desparramado, sin duda quebrándose en cada vuelta –continué–. Nosotros nos descolgamos por el caño de desagüe hasta la mayordomía, y de allí pasamos al baño de la planta alta. A poco de entrar escuchamos los gritos. Nos asomamos con gesto de preocupación. El pibe sin nombre yacía al pie de la escalera en una posición ilógica, con un brazo que le aparecía desde atrás del cuello. Tenía la cabeza groseramente torcida y los ojos abiertos… y esa sonrisa que aún hoy no he podido desentrañar.
Tomé un trago de ginebra de la botella que ya estábamos a punto de acabar; luego me limpié los labios con un pañuelo de papel y miré a todos, a la espera de algún comentario.
–Adivino de qué se trata –dijo Baez, cuando ya parecía que nadie más hablaría–. Usted tiene dudas de que eso haya sucedido.
–No. No tengo dudas. El pibe murió, hubo investigaciones y sumarios que quedaron en nada, y a mí me cambiaron de escuela. El problema es otro: cuento esto como fue, como creo que fue. Pero sucede que luego todos negaron haberlo empujado, y hasta esos que aflojaban cuando los apretaban se mantuvieron en que nadie vio al pibe subir a la terraza, y menos rodar por la escalera. Además, siempre bajábamos descolgándonos por el caño de desagüe. Pero yo estoy seguro de que lo empujamos –dije, transformado ya en alguien que se está quitando un peso de encima.
–Será que alguien te metió ese pensamiento, como dice Baez –comentó el Halcón.
No pude explicarle al Halcón que la ficción puede hacer más agradable la vida, aunque a veces sin darnos cuenta termina devorándonos.

De “Definición y muerte del diálogo”*
El deseo y las sombras, 2007

* El texto completo del cuento se puede leer en https://ricardoirastorza.blogspot.com

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