Olga Sacharoff
(Tiflis, Georgia, 1889 – Barcelona, 1967)
Bailando, s.d.
Colección particular

La arena

–¿Te acordás qué bien la pasábamos en los bailes de la plaza? Nos divertíamos, los chicos jodían hasta que se caían y a la mañana siguiente podíamos dormir un poco más… Coqueteábamos bastante, ¿no?
–Vos coquetearías –dijo Carmela, sonriendo.
–Vamos… –retrucó la otra, también riendo.
Carmela contempló sus toscas zapatillas, descoloridas y gastadas, y trató de recordar esos mismos pies calzados con las ligeras sandalias blancas con taco que le había regalado el finado para bailar, que la hacían sentir más atractiva.
Miró luego sus manos, y se concentró en precisar cuándo dejó de cuidarlas.
–Esperá… –dijo la Palmira, mientras avanzaba hacia su bolso y extraía un radiograbador a pilas flamante–. Escuchá lo que me regaló el Nene.
La música del Cuarteto Leo sonó inconfundible desde el aparato. Su dueña arrancó ahora para el patio y volvió con unas florcitas de retama. Pintó de amarillo la cabellera grisácea de su amiga, que se dejó hacer, y tomándola de la mano la sacó a bailar. “Hace ya unos cuantos años que me derrito/ por una de las muchachas de Don Benito”, decía la voz de Sosa Mendieta. Las dos mujeres abrazadas en el baile se movían llevando el compás y riéndose a carcajadas.
–Vos sabés que me andás gustando –decía la Palmira, imitando a un galán.
–Mire que estoy comprometida –contestaba Carmela, simulando una presumida.
Bailaron entre chistes y risas varias piezas más, hasta que cayeron sentadas, boqueando. Cuando acabó el cassette sólo se escuchaba la respiración aún agitada de las mujeres. El viento se había calmado.
–¿Por qué querés quedarte acá?
Carmela intentó enumerar las cosas que la retenían, y se encontró con que no podía nombrar ninguna. Como adivinando la situación la Palmira habló.
–¿Qué te retiene? Tu familia ya no existe, la casa se cae a pedazos. Ya ni siquiera tenés quién te traiga agua. No podés bañarte y estás tomando agua podrida. De los amigos del barrio, los que no murieron se fueron, y ahora me voy yo que soy la última. ¿Cuánto hace que no caminás para el lado de la plaza?… Vení que te voy a mostrar –agregó tras una pausa.
Alzó del brazo a Carmela, sumida en la impotencia, y salieron a la calle. El sol caía ya, haciendo brillar los techos de las casas cubiertas de polvo. Caminaron por la calle larga, dejando tras de sí las huellas de sus pasos cortos. Parecía haber vida apenas en un par de casas. Todo lo demás era abandono y ruinas.
–Mirá lo que quedó de la plaza –dijo la Palmira, señalando un médano de donde sólo emergía un mástil y las copas secas de dos árboles–. La arena nos daría por el cogote si nos hubiéramos quedado bailando ahí toda la vida.
Las casas del otro lado de la plaza, más expuestas al sur, ya estaban semicubiertas por la arena. Carmela miró con atención y extrañeza. Se veían como hilitos marrones que descendían y avanzaban. Allá vivía Fuentes, recordó, y en un gesto maquinal levantó la mano para saludar, como siempre hacía cada vez que venía a la plaza, sabiendo que el pobre se pasaba los días junto a la ventana.
–Ya no hay nadie –le dijo la Palmira, bajándole el brazo.
Para el lado de su casa vio que el médano era más alto que el techo. Unos pocos metros más que avanzara y lo cubriría.
–Como la crecida de un río de sierra –pronunció en voz alta–. Pero sin agua… Siempre el agua –agregó, y se le aflojó una lágrima.
La Palmira vio el surco mojado en la mejilla de su amiga y tomándola del brazo la condujo de vuelta a la casa. El sol ya se había escondido, pero todavía se veían sus rayos dibujados en el polvillo que flotaba en el aire.

De “Mártires del sur” *
¡Qué va a haber en la Francia!, 1993

* El texto completo del cuento se puede leer en https://ricardoirastorza.blogspot.com

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