Grahame Sydney
(Nueva Zelanda, 1948)
Hotel de noche, 2023
Colección particular
Un momento de optimismo
Después lo contaría la propia Melissa, que por cierto no se llamaba así, pero ese era su nombre de trabajo. Dijo que Rulito se le arrimó una noche helada y le preguntó cuánto cobraba, a lo que ella le dijo una cifra sin pensarlo mucho, convencida de que todo lo que quería era verla de cerca y olerla y espiarle el escote, como para tener después con qué motivarse –aunque no usó esta expresión–, y que él se fue y al rato volvió, de saco y corbata, el nudo mal hecho, y aderezado con una cantidad excesiva de colonia barata, con la que acaso se creería más seductor o para tapar el olor a frito que algunos decían que lo acompañaba, y que tal vez no se equivocaban porque Rulito trabajaba en la lomitería de Garnacci, y si no bastara eso, de noche dormía arriba de la cocina en un entrepiso que el gringo le prestaba.
Tengo la plata, dijo cuando volvió.
Ella sin mirarlo le preguntó si había traído para el hotel, a la vez que se dio cuenta de que no recordaba cuánto le había pedido, y él se quedó mirando al piso, sin hablar, por lo que Melissa suspiró hondo y pensó que ya algo arreglaría con el conserje.
Vamos, le dijo.
Contó que una vez en la habitación ella tuvo que indicarle los pasos a seguir y que él ni siquiera llegó a demostrar su completa inexperiencia porque traía tanta urgencia que ni tiempo para eso tuvo, dijo así Melissa, y que él quedó tirado mirando el techo y ella encendió un cigarrillo como para descansar un poco las piernas antes de salir a la calle a apostarse otra vez en su parada, y cuando suponía que él no diría nada, o a lo sumo le contaría alguna pavada, de improviso Rulito habló y dijo lo que podía esperarse de otro tipo de cliente, más viejo, por lo común con hijas, más corrido, menos pavo.
Por qué hacés esto, dijo sin mirarla, y antes de que siguiera con lo de siempre, que vos sos una chica linda, buena persona, podrías hacer otra cosa y todo eso, ella se le rio y cuando lo vio tan inocente lo echó.
Alzate a la mierda, le dijo, y recordando la triste historia de Rulito hasta llegó a pensar en devolverle la plata, pero a tiempo se acordó de que tenía la cuenta de la luz pendiente y debía comprarle un antibiótico a su abuela.
Rulito se cambió en silencio y antes de irse le dijo que cuando quisiera pasara por la lomitería y él la invitaría con un especial de la casa, y de paso le mostraría una foto de la madre.
Melissa se sintió cansada y sin ánimo de nada, y en vez de retomar el puesto se volvió a su casa.
Así empezó todo. Cada uno siguió con lo suyo, aunque a veces solían andar juntos, hasta que un día ella abandonó la parada en la puerta del hotel y él su empleo en la lomitería. Se fueron al sur, dijeron los más allegados.
Hace poco circuló una foto que mandaron. Tienen dos niños ya crecidos, y a todos se los ve felices.

